Cité un proverbio nazarí cuando por primera vez escribí sobre la arquitectura de los hermanos Aires Mateus: "Para hacer una casa se recoge un puñado de aire y se lo sujeta con unas paredes". Pues es, nada más y nada menos que eso, sujetar el aire, lo que hacen estos arquitectos en todas sus obras.
Su última obra en construcción, muy brillante, el hotel Park Hyatt en Dublín, no es nada más y nada menos que una rampa para llenar el aire, y con el aire de luz, todas y cada una de sus habitaciones. Como un puzzle de luz y de sombra. O mejor dicho, como un sólido que se excava trozo a trozo, hueco a hueco.
Porque ésa es la línea en que los últimos proyectos se encuentran nuestros arquitectos. Pareciera que excavaran siempre un sólido capaz buscando intersticios para meter la luz de una manera misteriosa.
Si en la maravillosa casa en Alenquer todo el aire y la luz inundaban sus espacios, en las últimas obras parecen que quisieran comprimirlo, como tensando aún más la luz con la oscuridad, con la sombra.
Las últimas casas son todas una colección de cajas llenas de cajas. Como si de un juego de matriuskas rusas se tratara. Y aunque la figura retóricamente es válida, no lo es aquí por cuanto lo fundamental en las operaciones espaciales de los Aires Mateus es precisamente el aire "entre las cajas contenidas y la caja continente. Con el mismo espíritu con el que Bernini colocó el baldaquino de San Pedro para resolver aquel espacio demasiado grande y desvaído. Que así quedó gloriosamente tensado.
La casa de Alvalade, caja repleta de cajitas, de llenos y vacíos; la casa en Alentejo, más sencilla; o la casa en Setúbal, donde el juego se sofistica colgando las piezas en alto en una danza cuasi escultórica. Y luego las casas de Sesimbra, la de Arrabida y la de Alcácer, como una catarata de variaciones bachianas a lo Goldberg sobre un mismo tema.
Dos proyectos mayores, el Centro Cultural de Sines y la sede de la Orquesta Metropolitana de Lisboa, plantean, esta vez con tono mayor, el tema de las cajas. En los dos, la precisión y la sugerencia de los espacios concatenados.
Todavía muy jóvenes, Manuel 40 y Francisco 39, están, en plena sazón, dispuestos a comerse el mundo. Su entusiasmo cuando me enseñaban la caja de Alenquer corría parejo con el que insuflaban a su arquitectura con voluntad de permanencia.
Estuve en el jurado del premio europeo Luigi Cosenza en su primera convocatoria con carácter general tras la desaparición del Palladio. La opinión fue unánime cuando premiamos la Residencia Universitaria en Lisboa de los Aires Mateus.
Hay un grado grande de abstracción en todas sus arquitecturas. Como si no hicieran falta los detalles. Luego en directo están repletas de detalles "silenciosos" que no hacen más que potenciar la operación principal".
Siempre definen muy bien los limites. Es una arquitectura precisa. No es la de la tela de araña que preconizaba Siza, más misteriosa, más cauta. Estos portugueses son como más jovenes, más arriesgados, más radicales. Se mueven en otra zona de ese mar amplio de la buena arquitectura portuguesa contemporánea, marcando su propio territorio.
Ellos son más nítidos. No toman el lugar como referencia para adaptarse a él, sino como un ingrediente (material del proyecto, dicen ellos) para ese nuevo producto.
En un magnífico texto analítico que Joáo Belo Rodeia escribe sobre ellos, apunta con certeza: "Lo más interesante de su obra es que el objeto de experimentación y lo que ambicionan, son claramente disciplinarios en el desafio a la corriente de normalidad nacional y de efervescencia internacional". Creo que es tan clara la posición, tan bien descrita por Belo Rodeia que casi podríamos aplicársela a todos los arquitectos jóvenes valiosos que se asoman en esa publicación.
Aquella misma efervescencia internacional y normalidad nacional de la que tan bien escaparon Mies y Le Corbusier en su momento. Un Mies que hace un pequeño pabellón que es lo único que ha quedado de aquella Exposición Universal de Barcelona de hace casi un siglo, frente a tantos pabellones tremendos de los "efervescentes" de entonces. O el pequeño pabellón de L' Esprit Nouveau de Le Corbusier para la Exposición Art Decorativ de París de 1925 donde ocurría algo parecido.
No adoptan nuestros jóvenes arquitectos portugueses, otra vez con palabras de Belo Rodeia, "superfluos ropajes de contemporaneidad". Son, se empapan, de nuestro tiempo pero no se dejan arrastrar por las modas. Intentan y lo consiguen, retener el tiempo, permanecer; y con ellos, hace que su arquitectura permanezca.
*Articulo del libro de Alberto Campo Baeza Pensar con las manos (2009)

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