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Oscar Niemeyer - Vinicius de Moraes

  Pocas declaraciones más emocionantes que el artículo-reportaje de Oscar Niemeyer sobre su experiencia en Brasilia. Posteriormente publicado en libro con el título Minha Experciencia em Brasilia. Para quien conoce poco al arquitecto, el articulo podrá pasar por una autodefensa, la normal represalia de un padre que sale de su mansedumbre habitual para pelear por un hijo a quien alguien quiere golpear. Pero para quien conoce al hombre, el artículo asume proporciones dramáticas; pues Oscar es lo opuesto a un abogado, en tanto es uno de los seres más anti-autopromocionales que he conocido en mi vida.

 Su modestia no es, como se considera comúnmente, una forma infame de vanidad. Ella no tiene nada que ver con el conocimiento realista -que Oscar posee- de su valor profesional y de sus posibilidades. Es la modestia de los creadores verdaderamente integrados con la vida, de los que sabes que no hay tiempo que perder, que es preciso construir la belleza y la felicidad en el mundo, por lo mismo que en el individuo todo es tan frágil y precario: ese punzante sentimiento de lo frágil y precario de las cosas que en Oscar alcanza las notas más altas del pentagrama, como que sirve para realzar todavía más su dignidad de hombre y de artista; pues nunca jamás existe en él el sentimiento de estare sirviendo a sí mismo, o ni siquiera a los suyos, sino a los hombres en general, en un futuro que él espera mejor.

 Oscar no cree en el Dios del Cielo ni en que un día habrá de construir Brasilias angélicas en las verdes praderas de Paraíso. Coomo un verdadero hombre, él ubica la felicidad de sus semejantes en el aprovechamiento de las verdes praderas de la Tierra; en el ejemplo del trabajo para el bien común y en la creación de condiciones urbanas y rurales en estrecha interdependencia, que estimulen y desarrollen este noble fin: hacer al hombre feliz dentro del corto plazo que le es otorgado para vivir.

 Yo también creo en eso, y cuando lo veo reflejado en unas declaraciones como las de Oscar Niemeyer, viejo y querido amigo, ¿ cómo no emocionarme? Es bueno encontrar, entre los amigos, a uno cuyos puntos de vista coincidan con los nuestros; uno a quien el paso de los años remoza, renueva, revigoriza, en vez de anquilosarlo o enclaustrarlo políticamente; uno cuya visión práctica del mundo y de los hombres no desprecia nunca la dimensión de la poesía. Pues la verdad es que la mayoría, cuando habla de política, casi únicamente abre la boca para decir tonterías, y se defiende cada vez más de los arduos problemas de la responsabilidad humana con la armadura del reaccionarismo más egoista. Y lo peor es que ni siquiera por ese motivo puede uno dejar de experimentar simpatía por ellos...

 El gran Esquilo decía que "todo lo que existe es justo e injusto, y en los dos casos igualmente justificable". Dialécticamente, perfecto, en caso de analizarse la frase desde el punto de vista de la historia, de la extraordinaria lucha del hombre para llegar adonde llegó. Pero, humanamente, vamos más lentos... Hitler, históricamente justificable, no por eso deja de ser un monstruo hediondo. Fulgencio Batista, históricamente un Judas instigado por los Supremos Sacerdotes y por los Filisteos de azúcar, no por eso deja de ser un infame traidor a su patria y uno de los más nauseabundos réprobos dentro de la comunidad latinoamericana.

 Por eso, mi querido Oscar, no otorgues demasiada importancia a tus detractores. La mayoría de ellos son sujetos archi conocidos. Hay algunos, como muy bien dices, "a quienes falta una concepción más realista de la vida que los sitúe dentro de la fragilidad de las cosas, tornándolos más simples humanos y generosos". Y a ésos, como muy bien haces, cabe "comprenderlos sin resentimientos". Pero también están, desgraciadamente, los bellacos, los trapaceros, los provocadores, los policías. Con éstos es preciso tener más cuidado. Pues están ahí embarcados en la ignorancia.

 *Este escrito fue extraido del libro Para vivir un gran amor de Vinicius de Moraes.



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